Cuando intenté resumir por qué me dedico a la psicología, pensé: “Bueno, esto en un par de párrafos se explica”.
Ja. No.
La realidad es que mi trayectoria vital no empieza en la universidad. Empieza mucho antes. Empieza en casa.
Mi padre luchaba contra la adicción al alcohol. Y cuando digo luchaba, me refiero a esa batalla intermitente donde a veces se gana… y a veces hay recaídas. Sí, existen. Y no, no son un fracaso. Son parte de la enfermedad. Yo tenía seis años cuando volvió a beber. Y desde entonces el alcohol no era una botella: era un personaje más en nuestra familia.
Mi madre, atrapada en la codependencia. Nosotros, intentando sobrevivir a lo que no entendíamos. Y yo, aprendiendo demasiado pronto algo que ninguna niña debería aprender: que proteger a los demás era más importante que sentir lo propio.
Desarrollé un rol invertido sin saber que tenía nombre. Me convertí en la fuerte, en la que sostiene, en la que calla. Porque pedir ayuda no era una opción. Porque había que cuidar. Porque el dolor propio podía esperar.
Y mientras tanto estaban las burlas por mi físico. Las amistades que iban y venían. Las que nunca llegaron. La sensación constante de no encajar en ningún sitio. Como si la vida estuviera empeñada en ponerme a prueba una y otra vez.
Hubo consecuencias. En la mente. En el cuerpo. En la salud. Años de ansiedad, de llanto, de dudas, de voces internas poco amables y de síntomas disfrazados de enfermedades.
Pero si de algo puedo estar orgullosa es de no haber creído a la vida cuando intentaba convencerme de que me quedara en el suelo. Me levanté. Una vez. Y otra. Y otra más. A veces enfadada. A veces rota. A veces con miedo. Pero siempre caminando hacia algo que sentía muy dentro: que todo esto tenía que servir para algo.
Y aquí estoy.
No porque tenga una historia perfecta.
Sino porque tengo una historia real.
Hoy acompaño a personas que en algún momento se sintieron perdidas. Personas que crecieron demasiado rápido. Personas que aprendieron a cuidar antes de aprender a sentirse. Personas que, como yo, un día decidieron dar el paso.
No te prometo magia.
Te prometo presencia.
Y el espacio que a veces nadie nos enseñó que merecíamos ocupar.