¿Qué es el EMDR y por qué no vamos a quedarnos en la superficie?
Llevas años «sabiendo» lo que te pasa, pero sigues reaccionando igual, no te falta inteligencia, te falta ir a la raíz.
El EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) es un abordaje psicoterapéutico creado por Francine Shapiro que trabaja directamente sobre cómo el cerebro ha almacenado experiencias traumáticas o dolorosas.
Traducido: hablamos de lo que pasó no solamente como un desahogo, sino que lo entenderemos con cariño, conoceremos por qué se almacenó de una determinada manera y trabajaremos para que sea almacenado de nuevo en tu cerebro de «otra forma» y no te duela tanto.
A mi parecer, todas y cada una de las vertientes de psicología nos aporta algo (y para mí, algo siempre bonito) y es que aunque te sientas más cómodo con unas o con otras, creo que todas nos pueden ayudar a entender al paciente y a darle herramientas en momentos determinados. Es por ello, que también trabajaremos con terapia de aceptación y compromiso, terapia cognitivo conductual, humanista…siempre y cuando cada una de las cosas de estas vertientes ayuden al paciente con su proceso.
Pero ahora volvemos al EMDR.
¿Qué ocurre en las primeras sesiones?
Antes de comenzar con el reprocesamiento de experiencias, dedicamos un tiempo a comprender en profundidad la historia de cada paciente: cómo ha aprendido a relacionarse consigo mismo y con los demás, sus patrones de comportamiento, sus vínculos afectivos, su estilo de apego y la relación que ha tenido con sus figuras importantes desde las primeras etapas de vida. Entender este recorrido nos permite adaptar el proceso terapéutico a las necesidades reales de cada persona y crear una base segura desde la que trabajar.
En una segunda fase, trabajamos la regulación emocional. El objetivo es que el paciente pueda desarrollar recursos y herramientas para comprender, manejar y sostener sus emociones de una manera más estable y segura. Esta preparación es fundamental para que la persona se sienta acompañada, con mayor sensación de control y capacidad de afrontamiento antes de abordar experiencias difíciles.
Una vez existe esa base de estabilidad emocional y seguridad interna, comenzamos el trabajo de reprocesamiento mediante movimientos oculares (EMDR), permitiendo abordar y elaborar aquellas experiencias que siguen generando malestar en el presente de una forma progresiva, cuidadosa y respetuosa con el ritmo de cada paciente.
“No se trabaja el trauma hasta que la persona dispone de suficientes recursos emocionales para sentirse segura durante el proceso.”
EMDR, ¿es para todo el mundo?
El EMDR es un enfoque terapéutico avalado científicamente que puede beneficiar a cualquier persona que haya vivido experiencias con impacto emocional, independientemente de la intensidad o naturaleza de estas. No es necesario haber atravesado un “gran trauma” para que determinadas vivencias hayan dejado una huella en la forma de sentir, pensar, relacionarse o afrontar el presente.
Experiencias tempranas, relaciones significativas, situaciones de estrés mantenido, pérdidas, inseguridades, vivencias de rechazo o momentos vitales difíciles pueden quedar almacenados de manera disfuncional y seguir influyendo en el bienestar emocional actual.
A través del EMDR, trabajamos para que esas experiencias puedan integrarse de una forma más adaptativa, favoreciendo una mayor regulación emocional, seguridad interna y bienestar psicológico. Se trata de un proceso terapéutico profundo y respetuoso, adaptado siempre a la historia, necesidades y ritmo de cada persona.
EMDR, también para niños
El abordaje con EMDR también es eficaz en población infantil y adolescente, adaptando siempre la intervención a su nivel de desarrollo emocional y cognitivo.
En el caso de los más pequeños, el trabajo terapéutico se realiza de forma más lúdica y flexible, incorporando recursos como el juego, el dibujo o la imaginación, lo que facilita la expresión de experiencias difíciles sin necesidad de verbalizarlas de manera directa.
La implicación de la familia suele ser un elemento clave en el proceso, ya que permite reforzar la seguridad emocional del niño y acompañar la evolución terapéutica desde su entorno más cercano.