Nos pasamos la vida pensando que tenemos que vivirla, y aquí está el detalle: esa idea es el peor engaño desde que inventaron el concepto de responsabilidad. Desde niños nos llenan la cabeza con calendarios de metas, listas de “cosas que hacer antes de morir” y frases motivacionales que huelen a plástico barato. Y nosotros, como idiotas consentidos, nos lanzamos a perseguirlas, creyendo que vivir es equivalente a marcar casillas. La vida, por supuesto, se ríe de todo esto mientras pasa de largo, indiferente a nuestra ansiedad existencial.
Vivimos atrapados en un ciclo de planificación infinita: estudiar, trabajar, ahorrar, conquistar, consumir, aparentar. Todo en nombre de “vivir plenamente”. Pero nadie nos dice que mientras estamos ocupados “viviendo”, el verdadero vivir nos está pasando por un costado, silencioso y brutal, mostrándonos que la experiencia real no se captura ni se acumula. Los momentos que más importan son los que no podemos medir: la risa inesperada que nos arruina la seriedad, el dolor que nos recuerda que existimos, la soledad que nos obliga a mirar hacia adentro aunque nos duela.
Y sin embargo seguimos corriendo. Porque pensar que tenemos que vivirla es más cómodo que admitir que, quizás, la vida no tiene instrucciones, ni sentido, ni una versión premium que podamos comprar con esfuerzo o dinero. Creemos que si controlamos suficiente, si planeamos lo suficiente, vamos a capturar la esencia de nuestra existencia. Spoiler: la esencia es una broma cósmica, y lo que realmente capturamos son fragmentos: una canción que nos recuerda a alguien que se fue, un café demasiado caliente que nos quema los dedos, un amanecer que ignoramos mientras revisamos el celular.
El resultado: nos convertimos en coleccionistas de instantes elegidos, mientras dejamos pasar los desordenados, los incómodos, los que realmente significan algo. Nos pasamos la vida pensando que estamos viviendo, cuando en realidad estamos siendo espectadores de nosotros mismos, atrapados en la ilusión de control y significado.
Y aquí viene la ironía más cruel: ese pensamiento, el de que tenemos que vivirla, es lo único que nos mantiene despiertos. Es el hilo que nos obliga a mirar, aunque sea de reojo, a la profundidad de nuestra propia existencia. Todo lo demás (las metas, las fotos, las frases inspiradoras) son distracciones elegantes que nos permiten no enfrentar el vacío. Pero el vacío siempre está ahí, esperando, recordándonos que vivir no es un logro, no es un destino, no es una lista de tareas completadas. Vivir es sentir el caos, tropezar con la realidad y, a veces, simplemente observar cómo pasa, sin entender nada, pero sintiendo todo.
Al final, nos damos cuenta demasiado tarde: no estamos “viviendo la vida” como nos prometieron. Estamos intentando entender algo que nunca se puede comprender del todo. Y esa, paradójicamente, es la única manera de realmente estar vivos.